Autor: Juan Villoro

Imposible distinguir con precisión metodológica en el campo de la narrativa más reciente, además de la cantidad de escritores, la diversidad de métodos y técnicas y temáticas. Un mínimo recuento obliga a citar -entre otros- a María Luisa Puga, Agustín Ramos, Alberto Huerta, Ignacio Betancourt, David Ojeda, Jaime Avilés, Carlos Chimal, Luis Zapata, José Rafael Calva, Javier Córdova, Roberto Bravo, Luis Arturo Ramos, Salvador Mendiola, Gustavo Masso, Emiliano Pérez Cruz, Eduardo Mejía, David Martín del Campo…

En este conjunto de logros ya importantes, destaca el trabajo (cuentos, crónicas, críticas y traducciones de rock), de Juan Villoro, nacido en 1956, que ha publicado un volumen de cuentos, La noche navegable (1980), donde la “cultura juvenil” es ya entidad cabalmente instalada, una psicología que precede a los personajes, la constancia de la música de rock que es la última racionalidad de la conducta, el aprovisionamiento de sensaciones que son ideas y utopías instantáneas.

Todo en estos relatos se mueve en un espacio desdramatizado de antemano, donde las tragedias nacen y se desvanecen el mismo día, y la incertidumbre es la guía para la acción. Villoro ha leído a Salinger, Henry Miller y José Agustín; ha asimilado a Lennon y Mc Cartney, a Pete Towshend, a Jagger y Richards, a Pink Floyd y al cine de Godard o Richard Lester. Su universo juvenil está cruzado de referencias y obligaciones implícitas (la primera de ellas: no hablar de las diferencias entre realidad y fantasía), de sarcasmo y auto-ironía, de sentimentalismo y tristeza crítica. Ante la patrulla, un joven es la música de saxo que desciende de un poste.