La libertad nunca se olvida. Memoria del 68

Gilberto Guevara Niebla

La obra

Descripción minuciosa del ambiente y los hechos que integran lo que se conoce como el «Movimiento del 68», La libertad nunca se olvida recupera con rigor y precisión documental la información de primera mano, las voces de los líderes, los militantes y los adversarios del movimiento, hasta lograr un saldo objetivo y subjetivo del año en que México estuvo a las puertas de esta realidad, la de la democracia actual, obligada a esperar casi cuarenta años. Gilberto Guevara Niebla reconstruye cronológicamente y revisa críticamente los hechos y su experiencia personal. Su Memoria del 68 es una lectura política y un testimonio que sin hacer a un lado la emotividad, el descubrimiento y la excitación colectiva de la movilización estudiantil, un verdadero homenaje a la vida en la intensa celebración de la fiesta cívica, muestra también el alto precio del sectarismo y el voluntarismo radical en un ambiente de ceguera ideológica. Este libro de Gilberto Guevara Niebla es el más importante aporte al estudio del México de 68.
—Roberto Diego Ortega

El autor

Gilberto Guevara Niebla fue líder estudiantil de la UNAM en los años sesenta. Participó en el movimiento de 1968, sufrió prisión tres años y un breve exilio en Perú y Chile. A lo largo de su vida ha sido profesor de secundaria, de preparatoria y de educación superior. Promotor del sindicalismo universitario y miembro del primer comité ejecutivo del Sindicato Independiente de Trabajadores de la UAM, ha colaborado en Uno más Uno, La Jornada, Proceso, El Universal, El Nacional y Crónica. Director de una de las primeras evaluaciones de aprendizaje a nivel nacional (2001), es autor, entre otros, de los libros siguientes: El saber y el poder (1978), La educación socialista (1984), La catástrofe silenciosa (FCE, 1992), Lecturas para maestros (2002) y Clásicos del pensamiento pedagógico mexicano. Antología histórica (2011). Subsecretario de Educación Básica (1992-1993), fue director, por dieciocho años, de la revista mensual para profesores Educación 2001 (1995-2013). 

Fragmento ilustrativo

¿Provocación dentro de la provocación?

La actuación de los granaderos en los acontecimientos del 23 de julio en la Ciudadela dejaron la sospecha, entre muchas personas, de que las fuerzas del orden estaban tratando, no de resolver el conflicto y apaciguar a los alumnos, sino de encenderlos y agravar la situación. No hay duda de que la policía actuó extrañamente. No existen, al menos hasta ahora, evidencias contundentes de una provocación, pero sugiero que esa posibilidad sea considerada como una hipótesis de trabajo. Si se asume este supuesto, se puede pensar que la coyuntura que ofrecía el 26 de julio era casi perfecta para armar ex profeso un motín callejero: por un lado, una manifestación candente de gente joven irritada con la policía y convocada por una organización que atravesaba un momento de gran debilidad; por el otro, una manifestación comunista —un ritual sectario al que asistían sólo los ideológicamente iniciados— y, dentro de ella, un grupo de extremistas irreductibles dispuestos a la violencia ante la menor invitación. Pero el elemento base que, podemos conjeturar, la policía política conocía, fue la decisión de la jcm de desviar la marcha del ipn. Un factor clave para el éxito de esta provocación era que las dos manifestaciones hicieran contacto: la irritación politécnica por sí sola no podía pasar de un problema doméstico, de policía; de no mediar algún factor extraordinario, la marcha comunista se hubiera desenvuelto como todos los años, como cualquier peregrinación religiosa. Pero si llegara a suceder que los estudiantes del ipn se salieran de su trayecto y entraran en contacto con los comunistas y extremistas pro cubanos, se produciría un corto circuito, que crearía el pretexto formal para la intervención policiaca y daría al acto una connotación política que hasta entonces no tenía. Desde el punto de vista de imagen pública, las fuerzas del orden estarían reprimiendo una acción comunista subversiva. Se hablaría enseguida (como había ocurrido en otras represiones contra los comunistas) de una «conjura extranjera» o, si se quiere, de un «complot del comunismo internacional».

Pero ¿provocación para qué? ¿Cuál podía ser el argumento que la justificara? La idea de crear artificialmente, en ese momento, un conflicto político en México podía tener dos propósitos posibles:

  1. Se puede pensar en una estrategia de represión preventiva con vistas a asegurar la paz interior del país en las fechas en que se realizarían los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México (octubre de 1968). Agentes encubiertos de la policía actuarían dentro de las organizaciones estudiantiles para desencadenar un proceso de violencia que justificara la acción represiva de la policía y que permitiera perseguir, encarcelar, intimidar o —¿por qué no?— eliminar físicamente a las fuerzas de oposición de izquierda que, de otra manera, constituirían una amenaza incontrolable durante durante los Juegos Olímpicos o, por lo menos, tratarían de utilizarlos como foro de propaganda. El fin era descabezar a la izquierda. Esta táctica tenía muchos antecedentes en la historia. La idea de una «provocación preventiva» cuyo objeto fuera meter a la cárcel a una parte importante, o a todos los comunistas y agitadores de izquierda en México que pudieran amenazar el orden social del país durante las Olimpiadas, se manejaba desde tiempo atrás en ciertos círculos policiacos e incluso en algunos medios universitarios. ¿No era ésta una oportunidad de oro para llevarla a cabo?
  2. El otro posible motivo para llevar a cabo una represión preventiva no se contradice con el anterior y es el siguiente: un conflicto «comunista» en México favorecería el protagonismo político de un personaje que hasta entonces se consideraba el menos capaz para aspirar a la Presidencia de la República en 1970, el secretario de gobernación, Luis Echeverría. Enfrentar un conflicto de esa índole y hacerlo con éxito colocaría al titular de Gobernación en posición ventajosa frente a sus adversarios.