A diferencia de los estilos enfáticos, reiterativos, José José diseñó —tal vez con los hallazgos de la intuición— la fórmula perfecta de su voz, una esfera definida por la intensidad erótica y el corazón hipersensible, más una amplia gama de matices alrededor de sus cumbres y abismos vertiginosos. Pero siempre lo acecha el látigo, el ascenso y la caída del seductor que de pronto se descubre como un inocente en plena novatada: el “aprendiz de seductor”, el gavilán transfigurado en paloma, impermeable al sarcasmo y la parodia, pues las verdades del corazón merecen todos nuestros respetos. Incrédulos, desalmados, herejes, favor de abstenerse; para ellos, el mismo José José anticipa la respuesta, cantada con todas sus letras de modo insuperable: “casi todos sabemos querer, / pero pocos sabemos AMAR”
La vida es drama. Rigo es amor. Luismi en sus años mozos fue (ha sido y seguirá, para sus fieles) como la más verídica reproducción del sol. Emmanuel subsiste y logra reciclarse con su vara de nardo y sus efluvios. Juan Gabriel (para no hablar de José Alfredo, que pertenece a otra divisa) sería el psicoanalista, un Dostoyevsky estrafalario, a veces con mariachi, del alma nacional. En cambio, José José ha sido y seguirá como la voz del corazón abierto.
–Roberto Diego Ortega





